Los motivos que han dado lugar a un cambio tan brusco
El pasado sábado, 20 de enero, el diario La Vanguardia publicó un artículo en el que se exponían las intenciones de la Generalitat Catalana para finiquitar aquellas carreras con menos matriculados. El día siguiente, se publicaba en el diario El País un artículo de opinión acerca de la viabilidad de los estudios universitarios, a tenor de una noticia publicada en ese mismo medio días atrás con relación a la presentación de un Atlas de la España Universitaria, cuyos datos son contundentes: En España existe una oferta de más de 2.200 estudios, repartidos en 213 campus y para tan sólo 140 titulaciones oficiales. A eso hay que sumarle el dato de que, según los expertos, para que una carrera sea viable económicamente son necesarios 125 alumnos. Todo ello está también recopilado en un reportaje que publica hoy el diario El País.
No hace falta rascar mucho más para concluir cual es el verdadero problema de la Universidad Española: está sobredimensionada. En su momento la política se mezcló con la Universidad cuando se transfirieron las competencias en esta materia a las Comunidades Autónomas, quienes dieron rienda suelta a los rectores para hacer crecer a esas macrocorporaciones tanto en infraestructura como en titulaciones, y así poder sacar pecho diciendo "Mis universidades son las mejores".
Pero, como suele pasar, nadie fue consciente de que lo que pasaría cuando no hubiera suficientes alumnos para esas universidades. "En 1990 el futuro estaba escrito, pero nadie lo había leído", comentó en la presentación del Atlas de la España Universitaria el autor del informe, el profesor Pedro Reques. Y ahora el problema está ahí: No hay alumnos, y eso es un hecho. Y, lejos de analizar en profundidad como mejorar esta situación (que, como bien dice el Catedrático autor del artículo de opinión, no es lo mismo que destruir o sustituir), los responsables del Ministerio de Educación y Ciencia se lavan las manos para, otra vez, dejar que los rectores universitarios creen, otra vez, una amalgama de estudios en croissants calentitos para ver si algún incauto se mete en la Universidad a hacer el paria esta vez durante sólo cuatro años. Es decir, en lugar de configurar unos estudios universitarios de calidad y prestigio y adaptar las universidades actuales a éstos, se limitan a configurar los estudios universitarios para alimentar a unas universidades más grandes de lo que debieran ser. Vamos, una forma muy competente de solucionar los problemas.
Como podéis imaginar, en esta reforma se toca tanto lo que funciona como lo que no funciona. Y ahí es donde nos llega a nosotros el problema: Aún siendo una profesión de futuro y con unas perspectivas laborales plenas, seremos consideradas como una titulación menor y pasaremos a convertirnos en la carroña que despiecen las universidades para ver si con nosotros hacen negocio. Y los señores del Ministerio, a lo suyo, como si con ellos no fuera la cosa. Con un que se maten las universidades responden a su labor constitucional de regular las condiciones de obtención, expedición y homologación de títulos académicos y profesionales y normas básicas para el desarrollo del artículo 27 de la Constitución a fin de garantizar el cumplimiento de las obligaciones de los poderes públicos en esta materia (art. 149.1.30). En resumen, todo un cóctel que no tardará mucho en estallarle a alguien en las manos ...



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